Memorias

domingo, noviembre 05, 2006

La libélula y yo

Me levante como si fuera cualquier otro día, pero de pronto sentí algo raro, era una sensación bastante extraña; me di cuenta que ese día iba a ser diferente, sabía que algo fuera de lo común me iba a suceder, pero realmente como algo normal en mi, no hice caso a tal presentimiento y seguí alistándome para salir. No tome seriedad en el asunto hasta unas horas después, ya que fue ahí cuando verdaderamente lo que me sucedió tomó significado.
Luego de terminar de alistarme para salir a desayunar y eventualmente ir a la universidad, cogí lo necesario y cerré la puerta de mi casa como un joven que llega a la hora menos indicada y no quiere que sus papas se den cuenta. La sensación tan extraña aún me atacaba, caminé únicamente unas cuantas cuadras más y fue entonces cuando una enorme y azulada libélula se agarró de mi camiseta, con tanta fuerza que pareciera que alguien la hubiera estado persiguiendo y el miedo se habría apoderado de su ser. Al verla tan cerca de mi, no pude aguantar las ganas de alejarla, me sentí igual que ella, llena de miedo por su cercanía; sin darme cuenta que no había razón para sentirme de tal forma. Minutos después, el cansancio me venció, había intentado apartarla de mil maneras, pero la azulada libélula, de tonos como los de un mar perfecto muy pronto se convertiría en mi fiel compañera del día. La inseguridad y la desconfianza me dominaron al principio, no sabía que hacer, como actuar teniéndola a mi lado en esos momentos. Lo tradicional y las costumbres es el régimen que siguen la mayoría de las personas, por lo cual seguramente me atacarían las miradas despectivas de esas personas que pasan a tu lado como si los sujetos que caminan a su alrededor no importaran, y con tal rapidez que pareciera que el mundo fuera a terminar. Pero por primera vez eso no me importó, porque ese era un día diferente. Me reí.
Habiendo caminado hasta el momento algunas calles, finalmente llegué a la panadería, a la cual hubiera llegado mas rápido, si habría accedido al ofrecimiento de mi madre, el de traerme en carro, y que seguramente si yo hubiera aceptado su amable proposición la pegajosa libélula no se habría acercado a mi. Inmediatamente entré al lugar, me acerqué a la caja e hice mi pedido; noté una mirada extraña, pero no hice caso. Enseguida fui a sentarme a la mesa más cercana. Minutos después el mesero me trajo mi pan con café habitual. Al coger esta bebida de fuerte aroma sentí lo caliente que ésta estaba, y eventualmente observé como mi compañera admiraba este suceso que en su mundo resultaba muy extraño. De pronto se me ocurrió bautizarla, tu nombre será Magnesia, me dije. Era tan extraño este sentimiento, poco a poco empezaba a sentir por ella la confianza y seguridad que me faltaban hace unos minutos. Con un toque de inocencia pensé si mi nueva amiga tendría hambre como la que yo sentía en esos momentos. Al acercar el pan a mi boca, unas migajas cayeron cerca de ella. Fue en ese instante que descubrí lo maravillosa que era este ser. Su forma y colores me dejaron atónita. Entonces le dije: “eres mi amiga”. De pronto, como si su misión finalmente se hubiera efectuado, ví como sus alas se extendieron y finalmente mi compañera se alejó de mí. Un señor viejo y gordo que entraba en ese momento a la panadería abrió la puerta y Magnesia aprovechó para salir. Con mucha ingenuidad observé como ella se posó en el hombro de un sujeto que se encontraba afuera, y me reí.